La próxima
Publicada originalmente en 1934, La próxima es una de las novelas menos conocidas y más sorprendentes de Vicente Huidobro. En ella, el autor imagina un mundo al borde del colapso, donde la guerra, la crisis y el fracaso de la civilización moderna impulsan la creación de una nueva sociedad. Entre utopía, anticipación política y ficción especulativa, esta novela revela una faceta poco transitada de Huidobro y lo sitúa como un precursor de la narrativa distópica en lengua española. Esta edición incorpora un estudio introductorio de Pedro Pablo Salas Camus.
Escrito en un momento en que la historia parecía avanzar por ciclos de destrucción y recomienzo, La próxima interroga la idea misma de porvenir como repetición y amenaza latente, como algo que ya ocurrió y, sin embargo, insiste en repetirse.
En este texto, Vicente Huidobro desplaza la imaginación futurista de las vanguardias hacia una zona de inquietud: el tiempo ya no se abre hacia adelante con claridad, sino que se repliega, vuelve sobre sí, se deforma. El mañana no aparece como conquista, sino como problema.
La próxima es un libro breve y extraño, atravesado por la conciencia de vivir después de una ruptura y antes de otra. Un texto que no ofrece respuestas, pero que señala con precisión el punto exacto donde la confianza en el futuro comienza a resquebrajarse.
Extractos
Todo tiene que morir. Todo lleva en sí su muerte. Esta es una ley absoluta, acaso la única ley absoluta. Vivir no es otra cosa que ir desarrollando la muerte.
No quedará piedra sobre piedra. No quedará hoja en los árboles, ni fruto vivo. Serás el nido de las aves de rapiña. El olor a cadáver subirá como un vaho hasta la luna. Habría sido mejor no haber nacido nunca. Habría sido mejor que la tierra fuera una bola solitaria o no hubiera salido jamás del seno de su nebulosa. Ser o no ser. No ser, no ser; he ahí el problema. Serás una bola desierta. Crujirás como una carreta en el camino de tu elipse. Te dolerán los huesos envejecidos en el invierno interminable. Los otros astros se reirán de ti.
Todo muerto: hombres, caballos, perros, gatos, pájaros. La muerte que viene volando por los aires. Cien aviones, doscientos aviones, quinientos aviones silenciosos, mil aviones matando desde muy alto, desde el cielo, sin ver los rostros angustiados, sin oír los clamores desesperados de sus víctimas. Así se puede matar hasta el infinito; el corazón no se estremece, acaso no siente una mayor emoción. Mujeres, viejos, niños recién nacidos, cunas con criaturas contorsionadas, nenes colgados del pecho de sus madres… bebiendo la leche de la muerte, entrando en la eternidad con los labios blancos de leche materna. La matanza general, a granel. El fin del mundo: o por lo menos el fin de un mundo.
Si las máquinas hablaran, nos gritarían y acaso nos gritan, yo os rebajaré, recortaré vuestro sentido humano. Amáis tanto los útiles, pues bien yo os volveré utilitarios. Construid usinas, muchas usinas. Mientras me divinizas; os olvidáis de divinizaros vosotros. Fabricad máquinas y olvidaos de fabricar hombres. Dadnos toda vuestra alma y quedaros sin alma.
¡Mueran las máquinas!, al fuego todos esos grandes inventos de la vanidad de los hombres, hombrecillos.
Calles de guante blanco, calles de manos encallecidas, calles que roban el reloj, calles que asesinan, calles que dan un beso, calles que ríen en la mañana como una pajarera, calles que suspiran en la tarde como un ciprés de cementerio, calles envueltas en pieles de armiño, calles que tiemblan de frío bajo un farol, calles que arrastran su cola de encaje, calles con los zapatos rotos y los pies sucios, calles que hablan todo el día, calles que hablan toda la noche, calles que hablan día y noche, calles en silencio desde hace cien años, calles que acaban de nacer, calles que están al borde del sepulcro, calles que viven soñando y meditando, calles que no tienen tiempo para pensar en nada, calles de malas costumbres, calles hambrientas, flacas, pálidas, calles rozagantes, calles olientes a vino que se alejan tambaleándose, calles desocupadas que callejean todo el día mirando con la boca abierta, calles vagabundas, calles que se acuestan temprano y roncan como un bendito, calles que se acuestan tarde y nunca apagan la vela, calles valientes, calles enigmáticas, calles miedosas, calles llenas de experiencia a las cuales no se engaña así no más, calles graciosas llenas de chispa y de ingenio, calles lentas, calles sesudas llenas de espíritu científico, calles matemáticas.
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